Vincenzo Feliciangeli

Antonio L. Turnes

Médico. Fue Secretario Ejecutivo de la Confederación Médica Panamericana.

Secretario del Coordinador Técnico del Ministerio de Salud Pública.

ORCID: 0000-0001-9197-0376. Contacto: alturnes@adinet.com.uy

Resumen

El asesinato de un médico italiano en Montevideo, en 1871 descubre a través del expediente judicial las circunstancias de su muerte cuando cumplía con su deber de asistir a un supuesto enfermo. El autor del libro es un magistrado uruguayo que desentraña algunos hechos del crimen y pone en evidencia las insuficiencias de la investigación judicial de la época. La vinculación del crimen con manejos oscuros en la construcción del Hospital Italiano de la capital uruguaya y la dudosa participación no esclarecida del cónsul del Reino de Italia. También se incluye la descripción del proceso, las últimas horas de los sentenciados a muerte y su ejecución en medio de un auténtico espectáculo público.

Palabras clave: pena de muerte. asesinato de médico en Montevideo. 1871. hospital italiano. medicina forense.



Abstract

The murder of an Italian doctor in Montevideo in 1871 reveals through the judicial file the circumstances of his death when he was fulfilling his duty to assist a patient. The author of the book is a Uruguayan magistrate who unravels some facts of the crime and highlights the inadequacies of the judicial investigation of the time. The link between the crime and shady dealings in the construction of the Italian Hospital in the Uruguayan capital and the dubious and unexplained participation of the consul of the Kingdom of Italy. Also included is the description of the process, the last hours of those sentenced to death and their execution during a public spectacle.

Keywords: death penalty. murder of doctor in Montevideo. 1871. Italian hospital. forensic medicine.



Resumo

O assassinato de um médico italiano em Montevidéu, em 1871, revela através dos autos judiciais as circunstâncias de sua morte, quando cumpria seu dever de atender um suposto doente. O autor do livro é um magistrado uruguaio que desvenda alguns fatos do crime e destaca as insuficiências da investigação judicial da época. A ligação do crime com negociações obscuras na construção do Hospital Italiano na capital uruguaia e a participação duvidosa e não esclarecida do cônsul do Reino da Itália. Também está incluída uma descrição do processo, as últimas horas dos condenados à morte e sua execução em meio a um verdadeiro espetáculo público.

Palavras-chave: pena de morte. assassinato de médico em Montevidéu. 1871. Hospital italiano. medicina forense.

Recibido: 20240424 – Aceptado: 20240524





Figura 1

(1819-1871)

Edgardo Ettlin describe en un libro reciente, las circunstancias de la muerte de Vincenzo (o castellanizado Vicente) Feliciangeli, en el crimen de la casa 11 de la calle Olimar, ocurrido en abril 22 de 1871, en medio de la Revolución de las Lanzas protagonizada por Timoteo Aparicio.

Ya Fernández Saldaña había realizado una detallada crónica muchas décadas atrás, sobre el mismo caso y su desenlace misterioso.



Figura 2

Portada del libro

Figura 3

Contraportada



El asesinato misterioso del Doctor Feliciangeli 1



Poco más o menos a las 11 de la noche del 22 de abril de 1871, se presentó una persona en casa del médico italiano Dr. Vicente Feliciangeli, solicitando sus servicios profesionales para una niña muy enferma, traída recién de campaña y que vivía en una casa tantas cuadras rumbo de la Aguada.

Para mayor comodidad del médico venía el desconocido a buscarlo en carruaje.

Procuró excusarse Feliciangeli, exponiendo las circunstancias que obstaban su visita a esas horas pero luego consintió en ir, ante los ruegos redoblados del mensajero.

Acompañado de su sirviente Constantino Ruibal – un muchachón – subió al coche que arrancó enseguida por aquellos infernales empedrados de entonces, y allá fue, a los barquinazos hasta parar en la calle Olimar, abajo, entre Paysandú y Cerro Largo, frente a una casita de dos ventanas, señalada entonces con el número 11 y, en la actualidad con el 1583.

Un mozo joven, con una barbita que justificaba plenamente el apodo de chivo, por el cual era distinguido, vino a abrir la puerta al doctor.

José Obaraldo, el que había ido en busca del médico, los acompañó hasta concluir el zaguán y se volvió, cerrando la puerta, para quedar de conversación, en la vereda, con el mucamo Ruibal y el cochero Luis Veirano.

La casa de la calle Olimar que se conserva hoy tal como entonces, consta de 6 piezas corridas, un patio largo descubierto, atravesado en el segundo tercio por un arco.

La enferma estaba, al decir del Chivo, en una pieza del fondo, sumida en la oscuridad del patio.

En esa atravesada, al pasar los pilares del arco, Feliciangeli fue acometido por dos individuos que, apostados en la sombra, surgieron simultáneamente, de improviso.

El Chivo, que marchaba delante del médico, no quedó de brazos cruzados.

Según el certificado expedido por el doctor Aulicini, de la policía, el cadáver de su infortunado colega presentaba tres martillazos, uno en la cara y dos en la cabeza, una puñalada a la altura del corazón, y, además, estaba degollado.

José Gaetán, por alias Noriega o Rocha, le pegó los tres martillazos, el de la cabeza le hundió la caja craneana, otro fracturóle el cigomático izquierdo y el tercero un refilón fue sobre la ceja del mismo lado.

La puñalada, única, de seis pulgadas de boca, se la asestó el Chivo.

Finalmente, Iginio Insúa, de mote Corvalán, lo degolló.

La acometida traicionera y fulminante, impidió a Feliciangeli intentar siquiera la defensa, a pesar de que, si se juzga por las armas que cargaba – revólver y bastón de estoque – hay que creer que salió de su casa prevenido.

Mientras los tres bandidos ultimaban al infeliz médico, en la vereda, donde aguardaban Obaraldo, Ruibal y Veirano, desarrollábase una escena singular.

Obaraldo volviendo a meterse por el zaguán, salió al momento para decirle al sirviente:

Ruibal, a quien la oscuridad de la calle y lo solitario del barrio, y el misterioso aspecto de la casa tenían ya en espinas, parece que, todavía, en el momento de salir Obaraldo, algún confuso ruido ahogado pudo oír, y entonces, al llamado de que entrara para ir a buscar los remedios, concluyó de perder la serenidad y arrancó a la carrera, calle arriba, en busca de un sereno.

Los asesinos saltando el cerco de los fondos, huyeron en direcciones distintas, mientras Feliciangeli se desangraba en medio del patio, allí donde lo encontró el jefe político y comandante militar, José Cándido Bustamante, un poco antes de medianoche.

Por las indicaciones del asustado Ruibal, logró la policía identificar al cochero Veirano, y por ese hilo de pesquisa antes de 12 horas de ocurrido el crimen, tres de los actores estaban con una barra de grillos.

Habíase concertado el crimen en el Café Torino, comercio muy conocido del Cordón, en la calle 18 de Julio, por José Obaraldo y un italiano llamado Lorenzo Dotta (a) Barbeta.

Entre ambos reclutaron los asesinos, tres mozos, puede decirse, desde que el mayor, Insúa, argentino, tenía recién 22 años y los otros dos, Gaetán y el Chivo, nada más que 19.

Reunidos en el café la noche del asesinato, Obaraldo fue a buscar el coche a la plaza Independencia, sabedor el cochero Veirano que se trataba de cooperar en un robo.

Metidos en el coche los cuatro bandidos, Veirano los condujo a la calle Olimar y luego de bajar a tres, lo llevó a Obaraldo a traer el médico.

La casa del crimen la había alquilado Obaraldo, a nombre de un supuesto estanciero que acababa de llegar del Salto.

Corrían con la casa en el almacén de los padres de mi finado buen amigo don Bruno Irulegui, fallecido el año pasado y don Bruno mismo recibió el primer mes de alquiler adelantado y entregó la llave.

Cuando cinco de los malhechores estuvieron encarcelados, halló la policía que el principal culpable, alma de la negra maquinación y poseedor, tal vez, del secreto de los móviles culminados en la muerte del popular médico italiano, es decir, José Obaraldo, había logrado burlar todas las pesquisas.

El 26 se publicaba por bandos, en toda la ciudad, un aviso jefaturial ofreciendo la gratificación de 100 pesos oro a la persona que diera noticia cierta de un individuo conocido por José (el apellido se supo recién más tarde), bajo, delgado, pelo castaño, con una cicatriz de arma cortante en la nariz, que usaba chapona corta y sombrero de hongo.

La suma se entregaría al ser preso José… “el único que faltaba de los asesinos”.

Al siguiente día Bustamante, para interesar más a los pesquisantes particulares, avisó que la prima había sido aumentada a 500 pesos, pero, ni con eso, dio resultado.

Esclarecido el hecho material del homicidio, el crimen debió parecer y pareció realmente algo misterioso.

¿Por qué había sido asesinado Feliciangeli?

Los matadores, por lo pronto, no lo conocían, y lo ultimaron en la oscuridad del patio, como hubiera ultimado al almacenero de la esquina.

¿Los ejecutores – como el cochero – creían también que se trataba de un robo?

¿Era un caso de venganza personal?

Todas estas interrogaciones se elevaban ante los ojos de la población de Montevideo, en aquellos días, haciendo olvidar por un momento a Timoteo Aparicio y sus huestes blancas que paseaban por campaña la bandera revolucionaria.



Los cuatro fusilados de 1871 y la muerte del Dr. Feliciangelli2

Las cuentas que se ajustaron por nuestros magistrados con motivo del asesinato del médico italiano doctor Vicente Feliciangelli3, fueron probablemente las más terribles cuentas de justicia civil ajustadas nunca en la República.

Cinco condenas a pena de muerte – una de ellas en rebeldía – y una condena de tres años de cárcel debiendo el condenado presenciar la ejecución de sus compañeros de fechoría.

A la dura sentencia del juez de Crimen de primera instancia, doctor José M. Vilaza, confirmada de un extremo al otro por el Tribunal Superior que componían los doctores Conrado Rucker, Ernesto Velazco y Pedro Bustamante, se añadió (fundada en viejas leyes españolas) una diligencia de procedimientos desconocida.

La prueba con las fechas: el asesinato se cometió en la noche del 22 de abril de 1871, la sentencia de primera instancia se dio el 6 de julio, el 16 de setiembre el Tribunal la confirmaba y antes de una semana, a los cinco meses justos, el 22 del mismo mes, los cinco sentenciados [sic] yacían arcabuceados contra una pared de la plaza Treinta y Tres, en presencia de una compacta muchedumbre.

Puede decirse que más de media capital se volcó a la entonces lejana y trasmano plaza del Cordón, más conocida de todos por la plaza de Artola que por su nombre verdadero de Treinta y Tres, a presenciar el cuádruple fusilamiento. Si se ha de dar fe a un cronista de la época, la mañana del 22 de setiembre, viernes, en la ciudad vieja era difícil hallar una persona por la calle.

La Aduana y las oficinas públicas o cerraban o funcionaban con un mínimo de empleados. Las imprentas interrumpieron el trabajo y sólo en los bancos se respetaron horario y labor.

Calculóse luego en más de sesenta mil personas las que se reunieron en la plaza de la ejecución o se estacionaron a lo largo del trayecto que debía ser recorrido por los asesinos, presos en la cárcel del Cabildo.

Todas las diligencias puestas en práctica para obtener algún indulto o gracia de vida habían resultado frustradas, cosa que contribuía a aumentar la creencia general de que algo raro existía oculto en el fondo de este sonado proceso.

Porque en el asesinato del doctor Feliciangelli, parece que alguien se hubiera entretenido en pintar circunstancias aptas para que sobre ellas el pueblo diera en tejer y destejer comentarios.

Hicieron los reos el camino fatal en dos coches descubiertos, detalle de exhibición extrahumana que regía entonces en España y en Francia.

El quinto delincuente que salió con tres años de cárcel y debía presenciar, quieras que no, el fusilamiento de los demás, iba en un tercer coche junto con un preso que llevaba funciones algo así como las de ayudante de verdugo, pues le incumbía vendar y amarrar a los reos de muerte.

Un hombre entrado en años, italiano, de barba crecida, Lorenzo Dotta, conocido por el apodo de Barbetta [sic]; un robusto mocetón de 19 años, aindiado, Esteban Neto, con el remoquete de Chivo; otro criollo de semejante tipo pero de más edad, Higinio Insúa, sobrenombre Corbalán [sic] y un hombrecito pequeño, de ojos grandes, reluciente melena y barba apuntada, José Gaetán Noriega, por alias Rocha, eran condenados a la última pena.

El espectador forzado José Veirano, que iba en el tercer carruaje, era cochero de plaza y llevó los bandidos a casa del doctor en conocimiento (cuando menos) de que se trataba de cometer un robo.

De los cuatro reos llevados delante de los pelotones de ejecución, tres quedaron instantáneamente muertos.

El cuarto necesitó una descarga más. A la una de la tarde la justicia humana había terminado su atroz función y la concurrencia cebada en su brutal curiosidad comenzó a mascullar los comentarios, junto con el cotidiano puchero del almuerzo.



Vincenzo Feliciangeli ejerció en Montevideo, principalmente vinculado a la colectividad italiana, donde protagonizó infelizmente un episodio que puso fin violento a su vida: murió asesinado por cuatro o cinco individuos de mal vivir, en un confuso asunto que – aunque finalizó con la condena a muerte de cuatro de ellos – no fue la justicia al fondo del asunto y quedó uno de los presuntos organizadores sin capturar, y su autor intelectual sólo hipotetizado por versiones no exploradas.



Algunas referencias lo mencionan así:

Vincenzo Feliciangeli, romano, cirujano y terrateniente. Eugenio Vittorangeli. Diputación del juez Rossi y Marcangeli. Relaciones de un confidente. Súplica. Informe de la Santa Consulta. Informe del proceso contra Feliciangeli. 1850 lunes 23 - 1851 junio. 314

Con motivo del almuerzo nacional que tuvo lugar por la tarde del 11 de noviembre de 1846 en el Teatro Alimbert, para solemnizar la ascensión de Pio Nono. Versos recitados de Vincenzo Feliciangeli. Italia. Biblioteca Vittorio Emanuelle, en Roma.

Graduado en Roma y Bolonia, revalidó su título como médico cirujano el 17 de abril de 1868, bajo el número 448 ante el Consejo de Higiene Pública de Montevideo.5

Fernández Saldaña, citado por Ettlin6 lo describe así:

Era un hombre alto, muy esbelto, calvo pero con la calva disimulada por el pelo que le cruzaba de un lado a otro. Usaba bigote atusado y pera bonapartista, lo que concluía de darle bastante parecido con Napoleón III. Los ojos de extraordinaria vivacidad, claros, prestaban especial atractivo a su semblante.

Hombre de ideas avanzadas, mazziniano, antiguo médico y oficial de Garibaldi, llegó a la república en 1868, expulsado de Roma, de donde era nativo, por la reacción.

Aquí revalidó su título, otorgado por las facultades de Roma y Bolonia. Vino en muy mala situación económica y dejó en Italia, a su señora y a una hija.

Según testimonio de los que alcanzaron a conocerle, era hombre muy atrayente, enamoradizo, ilustrado, de fácil palabra y bien cortada pluma. Pronto ganó aquí simpatías entre todos y popularidad entre sus paisanos.

Y agrega Ettlin que:

Vicente Feliciangeli había sabido tener inquietudes de poeta en su tierra natal: había escrito unos versos celebrando la ascensión al papado de Pío IX, aunque otras poesías suyas posteriores tuvieron cierto sesgo de circunspección contra dicho Papa, su pontificado considerado como liberal, tuvo como reacción contra las agitaciones progresistas que asolaron Roma y a toda Europa en 1848. El doctor Feliciangeli era colaborador esporádico en los periódicos El Siglo de Montevideo y L´Eco D´Italia de Buenos Aires.

Pero la vida profesional y social del Dr. Feliciangeli había despertado sombríos resentimientos en Montevideo por sus actitudes denunciando los turbios manejos del Cónsul de Italia Juan Bautista Raffo. Describe Ettlin:

La relación entre el doctor Vicente Feliciangeli y el cónsul Juan Bautista Raffo era muy hostil, y sus desavenencias, que habían llegado a extremos de improperios e insultos, así como a denuncias e imprecaciones mutuas a través de la prensa, eran conocidas en la colectividad italiana por todos, y no pasaban desapercibidas para la sociedad montevideana. El doctor Feliciangeli no solo no ocultaba su enemistad con el cavaliere Raffo, sino que la exteriorizaba en público; no había nadie a quien aquel no le refiriera los pésimos conceptos que tenía sobre el cónsul general italiano, quien por su parte también se encargaba de hablar muy mal del facultativo compatriota.

Juan Bautista Raffo, como cónsul general y encargado de Negocios del Reino de Italia, era el presidente nato de la Comisión Edilicia del Hospital Italiano, por lo que en ella hacía y deshacía. Fue así que en enero de 1871 Raffo aprobó la lista de los nuevos directivos de la comisión, entre los cuales ya no se encontraba el doctor Vicente Feliciangeli.

El 28 de enero de 1871 se publicó en El Siglo un comentario en italiano, denunciando graves irregularidades padecidas en la elección de la nueva Comisión Edilicia del Hospital Italiano, a la que se acusaba de ser un digitado conciliábulo de dudosa credibilidad, señalando al cavaliere Raffo como responsable de esos arteros manejos. Publicaciones similares aparecieron en el mismo órgano de prensa el 31 de enero de 1871.7

Analiza Ettlin que:

Tal escrito era “denigrante para el señor Raffo”, por cuanto le criticaba duramente y en la práctica lo acusaba de apadrinar irregularidades y malversaciones de fondos del Hospital Italiano, cuando no de aprovecharse de ellas, prohijando una comisión de acólitos poco menos que servil y cómplice a sus designios.

Los conocedores de la colectividad italiana, no pudieron evitar relacionar al autor de esas notas con el Dr. Feliciangeli, conociendo los duros enfrentamientos que había sostenido éste con el Cónsul.

Figura 4. El Licenciado Peralta

El Licenciado Peralta (Domingo González) cuenta que aparecieron otras dos publicaciones en los siguientes dos días contra Raffo

que levantaron alrededor de su personalidad, cierta atmósfera y polvareda, poco favorable a su buen nombre y reputación.”

Se dijo que el cavaliere Raffo no parecía tan afable y vivaz como le era habitual. Se lo notaba preocupado, de ánimo inquieto, y comenzaron a circular comentarios contra él

muy perjudiciales para el crédito de que había gozado hasta entonces”.

Procedió a aislarse y ya no se lo veía tanto por su casa, disminuyendo las visitas sociales,

y su espíritu antes abierto a toda manifestación jubilosa, se modificó en el sentido de convertirlo en un casi misántropo”.



Por un tiempo la situación quedó tranquila, continuando Raffo al frente – como presidente honorario – de una comisión patriótica de festejos de los italianos para celebrar la designación de Roma como capital del Reino de Italia. Mientras que algunos italianos como Bartolomeo Bossi, requirieron por carta abierta a Raffo que se destinaran los dineros recaudados, en vez de para fiestas, a socorrer a los paisanos necesitados que estaban padeciendo la epidemia de fiebre amarilla en Buenos Aires, imitando en tal sentido lo que hacía el cónsul italiano en Argentina. Sugerencia que fue parcialmente acogida: destinando lo que iba a gastarse en la función de teatro y baile de beneficencia entre los deudos de los muertos en la toma de Roma, el Hospital de Caridad de Montevideo y las familias de enfermos italianos muertos a causa de la peste en Buenos Aires, sin generar otros conflictos.

El 2 de abril de 1871 Vicente Feliciangeli – continúa Ettlin – aparece firmando un manifiesto como presidente de una “Commissione Popolare”, organizada con la idea de reunir fondos para los damnificados de la inundación del río Tiber en Roma, y de la peste en Buenos Aires, cuyas recaudaciones se iban informando periódica y públicamente. Es evidente que esta contracomisión era independiente y no alineada a la de Raffo.

Todo transcurría en aparente calma, hasta el suceso que condujo al asesinato del médico Feliciangeli. Salteando los detalles – sin embargo bien importantes – nos situamos en la noche del sábado 22 de abril de 1871, cuando se presentan en casa del médico, reclamando sus servicios para un paciente (o una niña) en la calle Olimar 11. Se trataba de una emboscada, tendida al médico, sin que hubiera ningún paciente reclamando sus servicios. Es conducido en un carruaje alquilado en la plaza Independencia hasta esa finca, donde ocurre Vincenzo Feliciangeli, con un revólver, acompañado de un sirviente suyo. Al llegar a una casa deshabitada lo conducen hacia los fondos, dejando fuera al sirviente, y lo exterminan a golpes y acuchillado.



El reconocimiento del cadáver

La constatación de su muerte y lesiones que la habrían ocasionado fue el también médico italiano Saverio Aulicini, en su calidad de médico de la Policía, que había revalidado sus títulos como médico cirujano el 2 de diciembre de 1867.8 En el informe escrito de Aulicini, dirigido al Señor Comandante Militar y Jefe Político del Departamento de la Capital, Coronel D. José C. Bustamente, expresa:

El infrascripto tiene el honor de comunicar a Vd. que habiendo examinado según orden recibida el cadáver del Dr. Vicenzo Feliciangeli incuentre lo seguinte. 1º. Una herida de arma contundente en la región frontal con la fractura de dicho ueso rason por la cual creo haber sido la arma con que fue herido, cuando menos de fierro. Esta herida es absolutamente mortal. 2º. Una contusion en el extremo externo de las sejas esquierda. Esta es muy leve. 3º. Una contusion con fractura del Ueso Zigomatico y porción petrosa del Temporal. Esta también ha sido producida como por un Martillaso. 4º. Una herida de Arma cortante en la región anterior del pescuezo arriba del cartílago cricoide, que se extiende como 6 pulgadas transversalmente interesando todo el laringe las arterias carótidas nervios etc. 5º. Una herida de arma cortante y punzante en la Region Torácica anterior entre la 2ª y [texto ilegible] costilla del lado esquierda. La dirección de la herida es de arriba para abajo tiene de 3ª a 4ª […] la punta de la arma entre la 6ª y 7ª costilla de la parte posterior del mismo lado; esto prueba, debia ser muy larga la arma heridora.

Las tres ultima[s] son tanbien muy absolutamente mortales.

Dios guarde V. S. muchos años.

Monto. Abril 25 del 1871

Dr S. Aulicini.9

Figura 5. Portada



Figura 6. Los cuatro fusilados en la Plaza Artola en setiembre de 1872.

Fuente: Felipe Cirulo: La historia detrás de la foto. 22 de setiembre de 2019.

Las autoridades policiales realizaron una rápida investigación y detuvieron a varios de los participantes, quedando fuera quien alquiló la casa donde se perpetró el crimen, que había sido arrendada al señor Bruno Irulegui (posiblemente antepasado del homónimo ministro de Salud Pública). Se realiza un juicio por jurado, con dos instancias.

El 4 de julio de 1871 se realizó el sorteo “de los hombres buenos que han de formar el tribunal de hechos en la presente causa”, convocándose para integrar el jurado de primera instancia como titulares: Eduardo G. Gordon, Federico Susviela y Guarch y Edelmiro Mañé; y como suplentes: Nicolás Herrera y Obes, Luis Artayeta, Emilio Castellanos y José Saavedra. Debido a que Gordon no pudo ser impuesto en virtud de hallarse en Buenos Aires, en su lugar se designó a Irineo Montes. Al cabo de la sesión el jurado compuesto por los mencionados e integrado con el doctor José María Vilaza como juez de derecho emitió un veredicto el 6 de julio de 1871, concluyendo que:

Está probado,

que en la consumación del asesinato del doctor Feliciangeli ha habido premeditación y alevosía por parte de sus perpetradores y cómplice, José Obaraldo prófugo, José Gaetano, Iginio Inzua Estevan Neto y Lorenzo Dotta.” Acto seguido el Juez falló definitivamente: “juzgando que debo condenar y condeno a los reos Yginio Ynzua, José Gaetan, Estevan Neto y Lorenzo Dota á la pena ordinaria de muerte por arcabuceo, con calidad de aleve y al pago de las costas del proceso. Al reo Agustin Beirano10, á tres años de presidio con trabajos públicos y al pago de las costas y presenciar la ejecución de los cuatro primeros.

Siguiendo a Ettlin, él claramente lo expresa:11

“La causa penal nunca encontró al responsable de haber encomendado el crimen, quien supuestamente había ofrecido la recompensa de mil pesos de la época a cada uno de los partícipes. ¿Quién fue? ¿Cómo contactó este a Obaraldo, o eventualmente a Obaraldo y Dotta? Los asesinos confesos Neto, Inzúa y Gaetán mencionaron a Juan Bautista Raffo, pero Dotta nunca involucró al cónsul general italiano en el crimen (a pesar de lo que afirmó el Licenciado Peralta al respecto).”

Aunque la autoría intelectual del cónsul Raffo no pudo ser demostrada, apenas lo interrogaron una vez, pero eso no evitó que fuera motivo de comentarios y murmuraciones sociales, así como especulaciones acerca de su papel en el crimen.

Algunos seguían creyendo ver en aquella mutua hostilidad personal un indicio que implicaba a Raffo; y otros no lo creían así, considerando que el testimonio de los asesinos que aludía al cónsul italiano no constituía un argumento válido, dado que lo referían por oídas supuestas de alguien que todavía no había sido encontrado y que hasta podría haber tenido la intención maliciosa (distractiva, quizá) de involucrar a Raffo, puesto que las diferencias entre este y Feliciangeli eran de público conocimiento.12

En la primera instancia, el Fiscal interino encargado de la acusación fue el Dr. Joaquín Requena. En tanto que su hijo el Dr. Joaquín Requena y García – defensor de oficio de alguno de los encausados – entendió que tenía una incompatibilidad, no obstante lo cual el juez desestimó la solicitud presentada por éste por cuanto el Dr. Requena (padre) había actuado solamente como encargado interino y ya no intervendría más en el caso que quedaría a cargo del titular de la Fiscalía del Crimen, el doctor Juan Andrés Vázquez, quien efectivamente asumió la causa el 9 de junio. La defensa negó las acusaciones solicitando se abriera la causa a prueba.

El autor del libro, Edgardo Ettlin, en su experticia de magistrado señala13: “Según ya hemos visto, de todos modos no habría sido fácil a las autoridades policiales y judiciales orientales poder incriminar al cavaliere Raffo, ya que su estatuto diplomático le daba indemnidad”.



¿Un asunto de polleras?

El tema estuvo presente en la prensa de la época, y debe rescatarse la publicación realizada en El Siglo el 11 de julio de 1871 por Bartolomeo Bossi, un capitán mercante italiano, también periodista y director de L´Unitá Italiana, que trajo a colación una situación pasional en la que se había visto involucrado el médico italiano víctima del crimen.14 Buscando limpiar la reputación de Juan Bautista Raffo, víctima

de la infame calumnia que se quiere hacer pasar sobre un italiano honorable”, relató las consecuencias que los escarceos amorosos de Feliciangeli ya habían tenido para el médico, quien “no salía á la calle sin ir armado”, pues estaba sobre aviso de que trataban de asesinarlo. ¿Quién? Según Bossi, el amante más joven de la “frívola mujer que faltaba á sus deberes de casada”. Este otro amante había llegado a amenazar a Feliciangeli “sino le dejaba el campo libre, pero como el doctor no era tan docil ni tan flexible, no solamente no cedió á sus amenazas, sino que se decidió á disputársela del todo.

Durante el carnaval, Feliciangeli invitó a la mujer a una fiesta de disfraces en el teatro Solís, y si bien ella aceptó, puso al tanto a su otro amante de los detalles de su disfraz, para que este pudiera reconocerla. Bossi cuenta que luego de compartir unos cuantos bailes con ella, Feliciangeli debió ausentarse y dejó a la mujer al cuidado de un amigo, oportunidad que fue aprovechada por el segundo amante, “que seguramente espiaba el momento y se la arrebata al amigo del Doctor”. Al volver Feliciangeli, su amigo le contó lo que había ocurrido y “el Doctor sale como un desesperado”. Encontró a la mujer con su otro amante en un corredor y se produjo un altercado que no pasó de algunos empujones, porque los que estaban allí impidieron que llegaran a las manos. Sin embargo, Feliciangeli, dueño de un temperamento volcánico, se mostró dispuesto a batirse a duelo, y así se lo hizo saber al más joven: “después de haberlo llenado de insultos, le manifestó que si se daba por ofendido podría enviarle al día siguiente sus padrinos: en efecto, esperó varios días que el ofendido rival se los enviara; en vano esperó, nadie apareció y todo quedó como si nada hubiera pasado”.

Bossi afirmaba en el mismo texto que esta historia se la había contado directamente Feliciangeli, “pocos días antes de su muerte.15



La segunda instancia del juicio penal

Desde luego los defensores de oficio de los imputados, los doctores Domingo González y Joaquín Requena y García, apelaron la sentencia y se recurrió ante el Superior Tribunal de Justicia, que así se denominaba en 1871 al Tribunal de Apelaciones, entonces único, el cual laudaría en segunda y última instancia.

El Fiscal Juan Andrés Vázquez, luego de considerar y responder los argumentos de los defensores, concluyó que: “Por dolorosa y cruel que sea la pena de muerte está desgraciadamente escrita en nuestros Códigos y nuestro deber es aplicarla en los casos procedentes”.

El Superior Tribunal de Justicia convocó a una audiencia celebrada el 16 de setiembre de 1871, convocándose a los “hombres buenos” quienes constituirían el jurado en esta instancia, los señores Lino [¿Lucio?] Rodríguez, Antonio María Márquez, Floro Castellanos, Bernardo Esparraguerra, Tomás Vázquez, Juan José Francisco Aguiar, Francisco Martínez, Hoppe Lafone, José Rovira (padre), Emilio Castellanos, Eleuterio Casal, Antonio Solsona, José María Obregón, José M. Mañé (hijo) y Adolfo Latorre.”

Se ratificó el fallo de primera instancia. Antes de la ejecución de los condenados, hubo movimiento de damas reclamando la clemencia o indulto del Presidente de la República, Gral. Lorenzo Batlle, que no la otorgó.

Los encausados fueron encarcelados en la Isla de Ratas, y traídos al Cabildo para las instancias del juicio presencial. Producido el veredicto y para ejecutoriar la sentencia, vivieron horas dramáticas que están narradas con maestría en el libro de Ettlin: recibieron asistencia espiritual, reiteradas visitas misteriosas de un italiano a uno de los detenidos, que no se investigó, el reconocimiento de hijos naturales, el casamiento in extremis de otro de los condenados y reconocimiento de sus hijos, o el pedido de uno de ellos de pasar la última noche con una mujer, todo lo cual les fue concedido.

La ejecución tuvo lugar el 22 de setiembre de 1871 en la plaza de Artola, motivo de un espectáculo en que la población de Montevideo se volcó a las calles para seguir el trayecto de los reos, incluyendo maestros que llevaron a sus niños a presenciarlo.

Desde luego fue motivo de muchos artículos en la prensa montevideana, y de abrir un debate sobre la pertinencia de la pena de muerte, que demoraría más de treinta años en ser abolida, esencialmente por la fundamentada ponencia de Pedro Figari.

Ha escrito la periodista Laura Chalar el 23 de julio de 2023 en El País de Montevideo que:

No se concibe cómo un juez recto, de humanitarios sentimientos y de ideas liberales, haya podido imponer una pena que, si por desgracia se mantiene en nuestros códigos, debe reservarse para los casos extraños, y no prodigarse”. Así argüía el Dr. Joaquín Requena [y García], defensor de dos de los imputados en un sonado caso penal del año 1871, en su apelación contra la sentencia de muerte impuesta a uno de sus defendidos.

El homicidio del 22 de abril de ese año contra el médico italiano Vincenzo Feliciangeli, objeto de este fascinante análisis histórico de Edgardo Ettlin, sigue hoy revistiendo interés.

A pesar de la rápida actuación policial y del poco tiempo transcurrido entre el delito y la ejecución de las condenas, el hecho no tuvo resolución satisfactoria. No se supo quién fue su autor intelectual, Ninguno de los condenados, hombres sin instrucción y de bajo nivel social, conocía a la víctima, un profesional de prestigio. Quedaron preguntas, por ejemplo si estuvo involucrado el diplomático italiano Giovanni Battista Raffo, hombre sociable y ameno, pero cuya enemistad con el asesinado era de público conocimiento. O quién era el misterioso José, que contrató a los sicarios y cometió junto a ellos el crimen, para desaparecer luego.

Otro elemento de interés es el debate, reavivado por esta “fiesta sangrienta” – palabras de un periódico de la época –, acerca de la pena de muerte. Este se daba dentro del contexto de una joven república que “carece de penitenciarías y (cuyas) cárceles inseguras o inútiles, sirven, más bien que de correctivo, de escuela y aprendizaje del crimen.


En este país en transición entre la barbarie fratricida de la primera parte del siglo y un modelo de civilización que distaba de hallarse consolidado, el castigo a los homicidas dio pie a las reflexiones de juristas y hombres de prensa sobre los aspectos morales, jurídicos y prácticos de esta pena, que recién se suprimiría de nuestro derecho positivo en los albores del siglo XX.

Ettlin, magistrado de profesión, hace valer sus conocimientos jurídicos y su sensibilidad histórica en un libro que se lee como una novela policial, pero no soslaya las realidades más sórdidas del Uruguay naciente.

Una historia real del uruguay semibárbaro, Sangre en el patio de Olimar 11, de Edgardo Ettlin. Crítica, 2023, Montevideo, 327 págs.

Figura 7. El Dr. Edgardo Ettlin, autor de la obra comentada



En suma: un libro documentado, con un examen exhaustivo del expediente judicial, y particularmente de la prensa que reflejó este suceso, que habría de ser una pieza no menor en la revisión y abolición de la pena de muerte.

1Fernández Saldaña, José María: La Violencia en el Uruguay del Siglo XIX (Crónicas de muertes, duelos, atentados y ejecuciones). Cal y Canto, Tradinco, Montevideo, noviembre de 1996, 138 páginas; pp.: 41-44.

2 Fernández Saldaña, José María: op. cit., pp.: 45 – 47.

3 Escrito con doble ll (Feliciangelli) en el original, a diferencia de la grafía del capítulo precedente.

4 L´Archivo riservato del Ministerio di grazie e giustizia dello Stato Pontificio (1849-1868)

5 Visca Visca, Pedro y Brazeiro Díez, Héctor: Registro de títulos cronológico abreviado, presentados ante el Consejo de Higiene Pública de Montevideo entre el 16 de enero 1829 y el 6 de noviembre de 1895. Sesiones de la Sociedad Uruguaya de Historia de la Medicina, Volumen VIII, 1986 (1991), Juan Ignacio Gil y Fernando Mañé Garzón, editores; p. 15.

6 Ettlin, Edgardo: Una historia real del Uruguay semibárbaro. Sangre en el patio de Olimar 11. Crítica, Montevideo, 2023, p.30.

7 Ettlin, E.: op. cit., p. 32.

8 Visca Visca, Pedro y Brazeiro Díez, Héctor: op. cit., registrado bajo el número 440, inmediatamente por debajo del médico cirujano italiano Vicente Stajano (No. 439). p. 15.

9 Juzgado del Crimen 1ª. Sección, 28 de abril de 1871, No. 51. Causa criminal contra los individuos Agustín Veirano, Higinio Insúa (a) Corbalan, José Gaetano (a) Noriega ó Rocha, Lorenzo Dota (a) Barbeta, Esteban Neto (a) el Chivo, por el homicidio del Dr Feliciangeli. Juez Dr. Vilaza, Escrbo Furriol, foliatura sin número que precede a la foja 1.

10 Este fue el cochero que ocupado en la Plaza Independencia recogió a los actores y al doctor para llevarlo hasta el lugar que se le dio muerte, sin que se hubiera probado que conocía las alternativas previstas para ese viaje.

11 Ettlin, Edgardo: op. cit., p. 112.

12 Ettlin, Edgardo: op. cit., p. 113.

13 Ettlin, Edgardo: op. cit., p. 115.

14 Ettlin, Edgardo, op. cit., p. 118.

15 Ettlin, Edgardo: op. cit., pp. 119-120.




Referencias bibliográficas


Ettlin, E. (2023). Una historia real del Uruguay semibárbaro. Sangre en el patio de Olimar 11. Crítica.

Fernández Saldaña, J. M. (1996). La Violencia en el Uruguay del Siglo XIX (Crónicas de muertes, duelos, atentados y ejecuciones). Cal y Canto.

L´Archivo riservato del Ministerio di grazie e giustizia dello Stato Pontificio (1849-1868)

Uruguay. Juzgado del Crimen 1ª. Sección, 28 de abril de 1871, nro. 51. Causa criminal contra los individuos Agustín Veirano, Higinio Insúa (a) Corbalan, José Gaetano (a) Noriega ó Rocha, Lorenzo Dota (a) Barbeta, Esteban Neto (a) el Chivo, por el homicidio del Dr Feliciangeli. Juez Dr. Vilaza, Escrbo Furriol, foliatura sin número que precede a la foja 1.

Visca Visca, P. y Brazeiro Díez, H. (1868). Registro de títulos cronológico abreviado, presentados ante el Consejo de Higiene Pública de Montevideo entre el 16 de enero 1829 y el 6 de noviembre de 1895. Sesiones de la Sociedad Uruguaya de Historia de la Medicina, Volumen VIII, 1986 (1991), Juan Ignacio Gil y Fernando Mañé Garzón, editores.